
Néall Ryan
❝A lifetime of service I willingly offer.❞
Información básica
Nombre completo: Néall William Ryan.
Fecha de nacimiento: 19 de diciembre.
Género: No binario (él/elle).
Orientación sexual: demisexual birromántico.
Nacionalidad: Irlandés, Avalon.
Ocupación: guardián del bosque encantado (anteriormente). Estudiante de Historia y Antropología en la Universidad de Auradon. Cantante en el pub irlandés de la ciudad.
Especie: Aos Side (elfo).
Edad humana: 17 años (Anteriormente), ~21 años.
Edad real: 106
Madres: Aoife y Ciara.
Película de la que proviene: La espada en la piedra.
FC: Erin Mommsen.
Magia
Habilidades: esgrima, arquería, canto, toca varios instrumentos de cuerda y la flauta. Es un buen cazador y se le da bien tratar con animales.
Poderes: Velocidad, fuerza y reflejos superiores a los de un ser humano, visión nocturna, capacidad para hacerse invisible durante la noche, hechizos de magia élfica (celta).
Objetos mágicos en su posesión: libro de hechizos en gaélico irlandés
Descripción psicológica
Néall Ryan fue criado desde los seis años para convertirse en un protector, en un consejero. Nacido para caer en el olvido de la historia, calló en sus manos de infante la oportunidad de hacer algo importante, de ser algo más que una nota a pie de página. Esto hizo de él alguien bastante centrado, protector y servicial en grado sumo, alguien a quien le gusta sentir que tiene el control.
Es un chico curioso, risueño, divertido, dicharachero. Es alguien que se hace querer y que no tiene problemas en mostrar aprecio hacia las personas o ser claro al mostrar su preocupación por aquellos que le importan, siendo siempre el primero en tender una mano.
El gran problema se haya en la raíz de su actitud. Néall cree, aunque no lo admita ni siquiera consigo mismo, que es reemplazable y que si no está constantemente siendo de utilidad para la gente a su alrededor, para aquellos que le aprecian, entonces eventualmente se cansarán de su presencia al ya no necesitarle. Como siente que se cansaron sus madres cuando era sólo un niño, después de todo… Desde los seis años supo que eventualmente no tendría de Ryan nada más que el nombre, que su destino no estaba en su círculo familiar y que el día que el príncipe no volviera a Camelot, él no volvería a su casa. Néall actualmente entiende que fue un acto de amor por parte de sus madres el acceder a desprenderse de él para darle una mejor posición, pero la herida del abandono nunca fue tratada y por tanto el dolor sigue latente en una parte de su mente. Esto se ha sumado a las heridas invisibles creadas por haber colocado en los hombros de un niño las responsabilidades de un adulto, Néall creció feliz, pero creció demasiado rápido, demasiado consciente de las grandes expectativas puestas en él y lo importante de su papel… De que no podía fallar, de que no tenía derecho a fallar.
Su identidad está construida en torno a aquellos con los que ha compartido su vida, en torno a aquellos a los que quiere, de aquellos para los que juega un papel y no sabría cómo verse a sí mismo más allá de eso, aunque tenga intereses separados de ellos.
Néall lleva teniendo depresión desde hace tanto tiempo que no es capaz de reconocerlo.
Historia
El primer hijo de Lady Ciara y Lady Aoife era un elfo, le llamaron Néall, “nube” en gaélico irlandés. Nube, porque el elfo de la luna tendría tanta libertad como deseara dentro de unas normas. Después de todo, el puesto de Ciara en el Consejo nunca sería para él, sólo un hada hereda el puesto de un hada, sólo un elfo el de un elfo. La heredera de Ciara tardaría seis años en llegar al mundo.
La llegada de Saoirse había dado la vuelta a su pequeño mundo, comprendiendo que su lugar en aquel hogar acababa de cambiar, comprendiendo que la atención que se le dedicaría nunca volvería a ser la misma, porque era de su hermana de la que se esperaban grandes cosas. Y había comenzado a aceptar con resignación su nuevo papel cuando el verano llegó.
No era para el niño un secreto que sus madres se contaban entre las más cercanas amistades de la reina Morgana. Pero no sabía que esta tenía un sobrino, un niño humano por el que ahora debía empacar sus cosas y partir a palacio durante toda la época estival. Mordred Pendragon había venido a aprender a controlar su magia, pero un niño no podía vivir rodeado únicamente de adultos y por cercanía en edad, por amistad, la reina le había elegido para llenar el hueco de un compañero.
Al principio, Néall no lo había entendido, había ocultado su tristeza y su molestia bajo amabilidad y modales perfectos mientras en su interior le carcomía el sentirse lo bastante poco importante en su propio hogar como para ser convertido en el juguete de un niño. No fue hasta las primeras clases de aquel verano cuando comprendió lo que en verdad se esperaba de él, y, para entonces, el honor que traía consigo el ser el compañero del pequeño príncipe le importaba más bien poco… Sólo le importaba lo agradable que le parecía estar con aquel niño humano que le recordaba más a un fae en ocasiones. Los primeros días habían sido extraños, un terreno difícil de transitar en el que Mordred apenas quería hablarle, pero en un intento de no resultar decepcionante había decidido fijarse más en él, en las cosas que parecían gustarle o disgustarle, había decido mostrar interés por las primeras y, con ello, había conseguido que el príncipe hablara sin parar. Néall conocía en su hogar a otros niños que tampoco sabían leer caras y sabía cómo se veía su felicidad, le gustaba verle alegre.
El hijo de la luna había entendido su posición con las clases, porque le habían invitado (bueno, ordenado) a que asistiera a ellas. Néall debía estudiar con Mordred y ayudarle, porque ahora que estaba claro lo mucho que se agradaban, Néall debía crecer para serle leal como a nadie, debía crecer para ser valiente y sabio, un protector y un consejero para el príncipe, una persona en la que este siempre pudiera confiar.
Los veranos fueron transcurriendo, ambos niños jugando juntos, durmiendo juntos pese a que se suponía que tenían habitaciones contiguas, ambos niños estudiando, inventando, explorando. Con siete años habían encantado unas libretas para poder hablarse durante el resto del año al escribir en ellas, un sistema que a día de hoy aún empleaban, con alrededor de nueve habían dado con los laberintos que atravesaban el mar, que unían ambos reinos a través de portales y pasadizos y habían encontrado un centro en el que encontrarse a escondidas cuando la ausencia del otro se volvía demasiado pesada.
En las épocas del año en las que el príncipe estaba ausente, otras responsabilidades le llamaban. Su tío Aidan, el esposo de su difunto tío Alroy, le enseñaba esgrima, arquería, a cazar y a pelear entre bromas sobre lo mucho que el niño se parecía a su difunto esposo. Sabía que su tío le veía como el hijo que nunca habían podido tener y aquello le sacaba más de una sonrisa. Aquellas clases continuaron en las zonas de entrenamiento del palacio conforme las estancias del príncipe se hacían más duraderas, durante las horas de la noche en las que este dormía y el elfo permanecía en vela, sólo que ahora su tío no era el único que se encargaba de ellas.
En aquellas épocas también visitaba a su abuela Laoise, que vivía en el Dublín de los humanos. Fue sentado a su lado donde aprendió a cantar las canciones que ahora tarareaba con tanto orgullo. Fue en aquel hogar en el que entendió por qué su tío Dolan parecía dolido por su pequeña voz, tan similar a la de Finn, la del hijo al que había perdido pocos años después de que naciera Néall, junto a su hermano Duane y su sobrino Alroy. Eran la sangre que su familia había derramado por la isla, eran los que habían perdido por la libertad y eran los hombres por los que cantaba con tanto orgullo.
Cuando el príncipe de Camelot abandonó su título, cuando decidió mudarse a Avalon, Néall se distanció aún más de su casa. Por supuesto, el joven amaba a su familia, pero ellas no eran su primera lealtad, qué mal compañero sería si así fuera. Pero fue en una aquellas visitas a su hogar cuando Aoife se percató de la luz algo apagada en sus ojos azules.
El elfo era feliz con la vida que se le había dado, estaba feliz con su posición, con su deber… Pero eso no evitaba que, como todo hijo de la luna, fuera un aventurero, que sintiera ahora que era casi considerado un hombre adulto, que necesitaba un logro propio. Quizás Erin tenía razón y se parecía a Finn en algo más que la música, quizás el temor de Aoife era verdad y se parecía a Alroy en algo más que el aspecto… Y habló con su cuñado.
Aidan e Aoife convencieron a Ciara, ella convenció al Consejo. El bosque de Auradon necesitaba un nuevo Guardián… Néall obtuvo un nuevo honor, una oportunidad de pasar a ser considerado un adulto. Néall pasaría unos meses fuera de casa hasta que alguien con más experiencia pudiera tomar su lugar.
Los meses en Auradon se convirtieron en una curiosa historia que contar a su hermana pequeña cuando esta volviera a abrazarle reclamando sus palabras, quizás se convertirían también en una canción que tocar con la flauta que su abuelo William le había regalado, o con cualquiera de los instrumentos que el joven dominaba. Néall había tenido su pequeña aventura, había hecho amigos, entre ellos la desterrada princesa de Camelot, y había vuelto a casa acompañado de personas a las que proteger de una guerra.
Néall había creído que no volvería a Auradon, que había llegado el momento de retomar su lugar junto al hechicero. Pero una carta de Myrddin le hizo cruzar de nuevo el mar Celta, una invitación a permanecer allí, en su casa, con él, una oportunidad de aprender algo del hombre inmortal. Una ocasión que no podía rechazar y que se sentía como algo que había ganado por sí mismo. En aquella ocasión no volvería solo, pues Mordred iría con él, aunque el elfo se adelantaría para asegurarse de que todo fuese lo más agradable posible para un muchacho al que los cambios le resultaban estresantes.
Néall quería seguir aprendiendo sobre los humanos, sobre aquellas criaturas que tanto despertaban su curiosidad. Y quería hacerlo cerca de viejos y nuevos amigos.
Datos de interés
—Su tía Brancemal es novia de Gawain, sobrino del rey Arturo.
—Su lengua materna es el gaélico irlandés, pero habla con fluidez todas las lenguas celtas, además de inglés y francés.
—De niño le encantaba tocar la flauta, su abuelo William le enseñó a hacerlo.
—Tuvo un lebrel irlandés llamado Conan durante algunos años, lo encontró abandonado en la montaña cuando tenía doce años y se lo quedó. Murió el año pasado.
—Néall tiene altas capacidades, pero nunca ha sido diagnosticado.




